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Las Cuevas de Altamira: un pasado no tan primitivo


La pintura rupestre en las Cuevas de Altamira


Fotografía extraída de Wikipedia

Las Cuevas de Altamira, situadas en la localidad cántabra de Santillana del Mar, albergan uno de los ciclos pictóricos y artísticos más importantes de la prehistoria. Se trata de un conjunto de pinturas y grabados realizados por los antepasados del Homo sapiens sapiens hace unos 14.000 años, que muestran su creatividad, su forma de vida y su relación con el entorno. Estas obras, consideradas como la “Capilla Sixtina” del arte rupestre, fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985.

Descubrimiento y reconocimiento de las Cuevas de Altamira

La entrada a las Cuevas de Altamira fue descubierta en 1868 por un tejero asturiano llamado Modesto Cubillas, que siguió a su perro que se había quedado atrapado entre las rocas. Sin embargo, el verdadero descubridor de las pinturas fue Marcelino Sanz de Sautuola, un aficionado a la arqueología que exploró la cueva en 1876 y 1879, acompañado de su hija María, que fue la primera en ver los bisontes policromados en el techo de la sala principal.

Sautuola quedó maravillado por la belleza y el realismo de las pinturas, y publicó un estudio en el que las atribuía al Paleolítico, basándose en los objetos de sílex y los restos de animales que encontró en el suelo de la cueva. Sin embargo, su propuesta fue rechazada por la comunidad científica de la época, que consideraba imposible que el hombre primitivo fuera capaz de realizar una obra de tal calidad. Se acusó a Sautuola de falsificación y de haber pintado él mismo las figuras con ayuda de su hija.

No fue hasta 1902, cuando se descubrieron otras cuevas con pinturas similares en Francia y España, que se reconoció la autenticidad de las Cuevas de Altamira y se reivindicó la figura de Sautuola como pionero de la investigación prehistórica. Desde entonces, las Cuevas de Altamira han sido objeto de numerosos estudios y excavaciones, que han revelado la complejidad y la riqueza de su arte rupestre.

Fotografía extraída de Wikipedia

Características de la pintura rupestre en las Cuevas de Altamira

Las Cuevas de Altamira tienen unos 270 metros de longitud y se dividen en varias salas y galerías, donde se han identificado más de 200 figuras de animales, principalmente bisontes, pero también caballos, ciervos, jabalíes, cabras y renos, así como signos abstractos y algunas representaciones humanas. Estas figuras se realizaron mediante diversas técnicas, como el grabado, la pintura con colores naturales (negro, rojo, ocre, amarillo y blanco) y el aprovechamiento de las formas y relieves de la roca.

La sala más espectacular es la de los Policromos, donde se encuentra el famoso techo de los bisontes, que mide unos 18 metros de largo por 9 de ancho. En él se pueden apreciar 16 bisontes de gran tamaño y colorido, que parecen estar en movimiento gracias al uso de la perspectiva y al sombreado. Junto a ellos hay otras figuras de caballos, ciervos y manos humanas. Se cree que esta sala fue un lugar sagrado, donde se realizaban rituales de caza y de fertilidad.

Las pinturas y grabados de las Cuevas de Altamira pertenecen a diferentes períodos del Paleolítico superior, desde el Auriñaciense hasta el Magdaleniense, lo que indica que la cueva fue utilizada durante unos 22.000 años, desde hace unos 36.500 hasta hace 13.000 años, cuando la entrada principal se cerró por un derrumbe. Esto demuestra la continuidad y la evolución del arte rupestre a lo largo del tiempo, así como la adaptación de los hombres prehistóricos a los cambios climáticos y ambientales.

Valor y significado de la pintura rupestre en las Cuevas de Altamira

La pintura rupestre en las Cuevas de Altamira es una manifestación artística de gran valor, que nos permite conocer mejor la cultura, la mentalidad y la sensibilidad de los hombres prehistóricos. A través de sus imágenes, podemos inferir aspectos como su forma de alimentación, su organización social, su relación con la naturaleza, su simbolismo religioso y su expresión estética. Además, las pinturas nos muestran la capacidad de los hombres prehistóricos para observar, representar y transmitir la realidad, utilizando recursos como el color, la forma, el movimiento, la perspectiva y la composición.

La pintura rupestre en las Cuevas de Altamira es también una obra maestra del arte universal, que ha inspirado y admirado a generaciones de artistas, científicos y visitantes. Su belleza, su realismo y su originalidad la sitúan al mismo nivel que otras grandes creaciones artísticas de la historia, como las pirámides de Egipto, la escultura griega o la pintura renacentista. Por ello, las Cuevas de Altamira son un patrimonio de la humanidad que debemos conservar y difundir, como testimonio de nuestra memoria colectiva y de nuestra identidad cultural.